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CONFESIONES DE UN
ARBOL
Antes
de ser un hombre
Yo he sido un árbol bueno
Sobre cuyas ramas creció por temporadas
La tarde con sus sombras.
En aquel
entonces tenía mis propios tallos
Y mis propias raíces
Y servia de parque a los jilgueros.
Y no me molestaba cuando lo enamorados
Encorazonaban mi corteza
Para cruzar con flecha sus sueños
En los míos.
Era un árbol firme
Y nada me importaba más que ver mis frutos
Venciendo el hambre de los niños;
No recogía uvas de los espinos.
Ni higos de los abrojos.
Tenía un alma vegetal infinitamente sensitiva.
Y eso lo sabían los grillos que orquestaban
Mis fiestas coloquiales.
Era yo árbol para todos. Tronco vegetal
Callado y majestuoso
Pero sobre mi savia crecieron mis viejas ilusiones
Y mis iras.
Y me elevé al infinito irrigado por el llanto
Del mismo firmamento
Y resistí estoico las ingratitudes del clima
Y sus tertulias.
Era yo un árbol con ganas de ser árbol!
Mi idioma era el idioma que hablaban en secreto los geranios
Y yo era para ellos como un hermano grande
Rodeado de eucaliptos y gardenias.
No sé si he sido un roble o acaso un guayacán de verdes
hojas.
Solo sé que cuando yo era un árbol
Servía de sombrilla a las calandrias.
Y a veces sentía ganas de levantar mis raíces
Y echarme a volar con las gaviotas
Y como era silvestre me atraía la magia de los campos
Y me gustaba compartir mis soledades con la tarde.
No me van a creer, pero yo, antes de convertirme en
transeúnte
- siendo un árbol
silente y majestuoso –
Tenía el corazón de un ser humano.

UN
ARBOL PARA LOS QUE SE AMAN EN SECRETO
Cuando
yo fui un árbol
Le tenía miedo al leñador y a su silencio
Y como un camino vertical de puro jactancioso permitía
Que en mí se fomentara el amor de los búhos en las sombras.
A veces escuchaba llorar
a las camelias
Y era su lloro trasnochado como el reclamo invicto de Dios
Sobre el estío.
Tenía por eso mi
propio duende
Para trabajar encantos y misterios.
Porque era un árbol brujo. Pero antes que brujo
Un árbol para aquellos que se amaban en secreto
- yo mismo era un
secreto –
en mí se perpetuaban las palabras
que los tiernos amantes
se decían
y terminaba amando a esos amantes que se amaban.
Con el tiempo
comprendí que estaba lleno de amor
Sin reclamarlo
Y quería caminar por las orillas de los ríos
Para conversar mis experiencias con la fauna.
No me gustaba ser
un simple espectador
Quería ser también protagonistas de amores victoriosos
Y como era un árbol hechicero
De vez en cuando me ponía alas
Para mirar desde arriba mis raíces.
De modo que,
Qué me van a decir a mí, de las viejas alturas
las gaviotas.

JUNTO A LOS QUE RECOGIAN MI SOMBRA EN LAS MAÑANAS
Crecí exactamente
En el espacio aéreo de Dios y en su distancia
Fui vigilante de la soledad sin prisa de sus viejos
Caminos;
Sin embargo, estuve quieto para sus ojos nibelungos
Que recogieron mi sombra en las mañanas.
Y hasta mí llegaba el viento lamentando:
“Ay de ti corazón
Ay de ti Betsaida…”
Era un árbol de extraño parecido, según lo comentaban
Las palomas.
Mis hojas eran verdes
Como la verde ternura de los campos decubiertos
Y yo sentía en ellas sufrir del colibrí
Sobr su nido
Y soñaba en mis adentros que mis frutos acababan
Su hambre y su destierro.
Soñaba como un niño
Al lado de su madre oriunda
(y me gustaba soñar de esa manera)
pero tenía también mis propias pesadillas
y me veía como un tártaro de la antigua Liberia
Lleno de soledad en mis pupilas
y sufría penas insondables.
Sufría como aquellos trashumantes
Que perdieron la risa y la mirada.
Era un árbol
Demasiado sentimental
Para ser árbol.

PARA QUE SEPAN TODOS EL MADERAL QUE ERA
Alguien
dirá por allí que no fui nadie
Que fui un simple helecho copado de vacíos
Pero no saben ellos del maderal que era
Pues ni siquiera fueron insectos en mis copas.
No fueron ni bacterias ni hongos en mi
alero.
Yo regulaba el clima y moderaba al viento insurrectazo
y protegía el suelo de cárcavas y zanjas.
Mis jacintos crecieron para el amor del bosque
Con sus colores propios buscando el infinito.
Y fui madera buena
Pues influí en la lluvia precipitando su agua.
Por eso los que dicen que fui un simple árbol
Desconocen que amando fertilicé los sueños del gladiolo
Y fui muy generoso con el trigal y el cactus
Porque a los dos sin tregua les daba mis amores.
Y lanzaba a los campos mi ánimo de puma
(y el hombre se sentía ante mí soberano
Ignorando obstinado su muda dependencia).
Yo era un leño raro, según los
tulipanes
Porque me homenajeaban por las noches las ranas
Y al salir las auroras me amenazaban los mirtos.
DE
COMO SERVIA PARA EL AMOR Y TENIA MIS
PROPIOS MENSAJEROS
Felizmente de mí, no colgaron a nadie
los verdugos
Era quizás demasiado alto para un ahorcamiento.
Servia para el amor y tenía mis propios mensajeros.
Los científicos decían que era “un
eleagnáceo
De gran infrutescencia”
Pero yo no entendía de aquellas expresiones.
Mi lenguaje era el mismo del ciprés y el marabú
Y sin traductores me entendían el fresno y el saúco.
Me apenaba la tristeza de los vencidos
Y el drama de las tardes moribundas
Y tenía la devoción de la semilla sobre el surco.
Guardaba los festejos de antiguas
muchedumbres
Y la historia de bélicas entregas.
A mi lado conspiran los guerreros
Y se hacían el amor sin inhibirse las urracas.
Yo no decía nada porque no hablaba el
lenguaje
Que ellas entendían.
No obstante, viví un conflicto mirando a la victoria
Y camuflé en mi mundo la paz de las hortensias.
Sin querer me hice amigo del trueno y
su insolencia
Y del susurro bueno del río en plena jungla.
Mis mensajeros eran las aves matutinas
El arroyo, los niños, los amantes y el cielo.
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